Todos hemos sido agredidos alguna vez de alguna forma, a veces conscientemente y otras inconscientemente. Las primeras heridas del alma las recibimos desde nuestro nacimiento.
Nacer requiere esfuerzos y sufrimiento; y el camino de la niñez está poblado de contrariedades y dolor, pero también, en la mayoría de los casos afortunadamente, de alegría y momentos felices.
Sin embargo, acostumbramos a guardar muy ocultos dentro de nosotros mismos, los agravios. Son las manchas del alma que también contaminan el cuerpo y tarde o temprano se ven reflejadas en algún tipo de enfermedad física.
El odio es la emoción que más nos destruye por dentro y por fuera. El orgullo es un pariente cercano y la soberbia es el peor de los males. Las personas más soberbias que nunca perdonan a nadie, viven llenas de amargura y no encuentran la paz interior.
Perdonar las afrentas que nos causaron, tiene gran poder curativo y perdonarse a uno mismo, que es mucho más difícil, permite liberarse del pasado y del temor a la muerte.
Es como una paradoja, porque si no perdonamos, aunque hayamos sido los supuestamente agredidos, también nos sentimos culpables.
La herida es infligida por nosotros mismos que somos los que evaluamos las circunstancias. El suceso en sí mismo objetivamente puede ser considerado insignificante pero la magnitud del daño lo agregamos cada uno de nosotros.
No es la experiencia sino la forma de vivir la experiencia la que nos ha ofendido.
Puede aprender a perdonarse y a vivir las nuevas experiencias de una forma que no le dañe.
Cuando hablamos de salud, normalmente pensamos en la salud física, sin darnos cuenta que ésta depende mucho de nuestra salud mental. El cuerpo es el espejo de lo que acontece en nuestra mente, y todos nuestros pensamientos van a incidir en nuestra salud física manifestándose en algún malestar o enfermedad.

Uno de los elementos más importantes para mantenernos sanos, es el saber perdonar. El no perdonar, o no pedir perdón, es una carga que llevamos con nosotros a todos lados y que nos corroe por dentro. El perdón es sinónimo de liberación.
Investigaciones demuestran que aprender a perdonar mejora nuestro bienestar físico y emocional. Según estos estudios, seguir cultivando el rencor dentro de nosotros mismos obstaculiza nuestro desarrollo personal y profesional, nos conduce a tomar decisiones desacertadas y hace que nuestro cuerpo libere sustancias químicas asociadas con el estrés, que tienen un efecto negativo sobre la salud. A pesar de lo anterior, muchos de nosotros insistimos en aferrarnos a los agravios y continuar siendo víctimas de quienes nos han herido. La falta de perdón nos ata, nos encadena a las personas, o al pasado, desde la rabia, lo que nos impide vivir en el presente con plenitud, con alegría.
Perdonar no significa que estemos de acuerdo con lo que pasó y dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle razón a alguien que nos lastimó.
Tampoco significa excusar el comportamiento de quienes nos han herido. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que aparecen acerca de alguien o algo que nos causó dolor. Perdonar es tomar la decisión de desprendernos del pasado para sanar el presente.
Conciliar el pasado con el presente nos permite aceptarnos, pues si no podemos aceptar el pasado, que es parte de nosotros, no podremos aceptarnos, si odiamos nuestro pasado, nos odiamos a
nosotros mismos.
Perdonar nos conduce paso a paso hacia una vida más constructiva y armoniosa.

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