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viernes, 16 de diciembre de 2011

Serena Mente


No se pueden eliminar de un día para otro todas las causas de estrés. Sin embargo, cada día se pueden poner en el otro platillo de la balanza momentos de calma que alimentan la fortaleza interior.

Las responsabilidades laborales y familiares suponen una presión que si no se mantiene bajo control puede arrastrar hacia el desequilibrio y repercutir en el estado anímico y físico. La preocupación por la economía o la falta de tiempo para dedicarlo a uno mismo y a los seres queridos son quejas frecuentes. Además, aunque fijándose bien se pueden descubrir constantemente razones para la alegría, las malas noticias van de boca en boca y a menudo minan la moral. Pero se puede equilibrar toda esa carga buscando cada día momentos que ayuden a conectar con uno mismo. Si se le da al espíritu lo que necesita, los retos de la vida se enfrentan con desenvoltura, serenidad y alegría.

La ayuda de la naturaleza
La parte más importante de este tiempo recuperado para el bienestar debe dedicarse al contacto con la naturaleza.
En la práctica esto quiere decir que se deben aprovechar los fines de semana para realizar excursiones al campo, pero incluso durante el día se pueden aprovechar las horas libres para acercarse a los parques.

La técnica de la lentitud
Conviene echar el freno de mano, es decir, poner en marcha el sistema nervioso parasimpático, el responsable de la relajación. Se puede hacer realizando todo más despacio durante el día, lo que significa poner más atención y precisión, y menos ansiedad, ya sea en el trabajo o en el momento de recoger la mesa y lavar los platos después de cenar. Pero sobre todo implica dedicar más tiempo a lo esencial, no dejándose arrastrar por lo banal. Es bueno acostumbrarse a cocinar y comer lentamente. A hablar despacio, a escuchar las razones de los demás antes de exponer las propias y a no contrariarse por un semáforo en rojo.

Ejercicios de respiración
Es aconsejable practicar un ritual respiratorio cada día, a una hora determinada y siempre que se sienta el runrún de la ansiedad.
Hay que buscar un lugar tranquilo en el que no se vaya a ser molestado. Tumbado de espaldas o sentado, se cierran los ojos o se enfoca la mirada sobre un punto concreto. Luego se coloca una mano plana a la altura del ombligo para apreciar cómo sube y baja el vientre con cada movimiento respiratorio.

Hablarse en positivo
Ideas como «Mantente tranquilo», «Haz una cosa detrás de la otra», «Ya he salido de situaciones similares» o «Debo tomármelo como un reto» sirven para disipar la ansiedad y fortalecerse.

Eliminar adrenalina
Una manera de controlar las situaciones de estrés agudo es tomar conciencia de las zonas del cuerpo donde se acumula la tensión. Suelen ser la mandíbula, la nuca, los músculos faciales, la zona del pecho, la espalda y las piernas. Una vez descubierta una tensión, hay que contraer aún más los músculos afectados durante unos segundos y luego destensarlos para sentir su relajación.

Serenarse con meditación
Mediante la meditación –en cualquiera de sus formas, desde las técnicas orientales a la oración– se aprende a acceder a un lugar neutral desde donde observarse con serenidad. Además va acompañada de una mayor 
relajación, que se puede medir en el enlentecimiento de los ritmos cardiaco y respiratorio, y en la distensión muscular